jueves, 8 de diciembre de 2016

La Pancha Hernández. Granadera

Dicen que era una morocha alta y esbelta, de largas trenzas renegridas como la noche más oscura. Estaba casada con el Sargento de Granaderos Dionisio Hernández. Puntana para más datos.
Dicen que participó, luchando como una leona contra la intentona de los prisioneros realistas de San Luis, estando en la primera línea de pelea.

Monumento del Pueblo Puntano a los
Héroes Puntanos de la Independencia
Dicen que cuando los granaderos puntanos tuvieron que cruzar la Cordillera de los Andes y unirse al triunfador Ejército Unido, ella misma en persona le pidió al General San Martín unirse a los troperos, y así poder estar junto a su marido Dionisio. Tanto fue el ardor de su pedido, que el Libertador accedió, siendo una de las cuatro mujeres que se unieron a las filas del Ejército Libertador.

Dicen que cuando La Pancha tuvo el visto bueno, se corto sus trenzas renegridas, se colgó un sable a la cintura y se vistió con el uniforme de Granadero.

Dicen que viajó con el Ejército Libertador hasta el Perú, en su Expedición Libertadora. Hizo la Campaña de la Sierra y entró triunfal a la Ciudad de Lima, siempre acompañando a su esposo.
Dicen que se sumó a la fatídica Expedición de los Puertos Intermedios. Dicen que en la derrota de "Torata" la vieron luchar con el mismo arrojo y denuedo que cualquier otro Granadero. Dicen que cuando los patriotas volvieron a ser atacados dos días después en "Moquegua", fue parte del "Escuadrón Sagrado"...

Nos cuenta el General Espejo:

"A la vista de tan angustioso cuadro, nos reunimos como cuarenta, entre oficiales y jefes, armados como estábamos, unos con sables, espada o lanza, pero todos con pistola y formamos el Escuadrón Sagrado, como algunos lo denominaron, para proteger en lo posible aquella masa enceguecida por el pánico. Se le dio el mando al Comandante D. Juan Lavalle contándose entre las filas a Pringles y al sargento distinguido don Dionisio Hernández, natural de San Luis, que llevaba a su lado a su esposa La Pancha (también puntana), vestida de uniforme militar y armada de sable y pistolas como era su costumbre en los combates en que estaba su marido"

Su marido fue herido en ese encuentro, y La Pancha, lo tomó del brazo, siendo su muleta, caminando por interminables arenales, hasta que pudieron llegar al puerto de Ilo y salvar el pellejo.
Dicen que llegó a Lima, cansada, cubierta de polvo, heridas y gloria..
Dicen que nunca más se supo de La Pancha y su Dionisio, seguramente extraviados en las nieblas de la Historia.

Dicen que era una morocha alta y esbelta de largas trenzas renegridas... y un corazón Granadero...

Fuente: Granaderos Bicentenacio

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Calixtlahuaca

Fue uno de los asentamientos prehispánicos más importantes de la región; su nombre en lengua náhuatl significa “lugar de casas en la llanura”, el cual le dieron los mexicas en alusión a la cantidad de poblados matlatzincas ubicados sobre la llanura que se extiende hacia el norte de la actual zona arqueológica.



Estudiosos calculan que Calixtlahuaca fue poblada en la época agrícola aldeana (1000 a.C.), cuando ocuparon básicamente la parte baja del valle y, de acuerdo con los restos arqueológicos, vivían en casas de materiales perecederos, agrupadas en pequeñas aldeas. Subsistieron gracias a la agricultura, caza, pesca y recolección de plantas comestibles. Esa población mantuvo relaciones posiblemente de intercambio, con grupos de la cuenca de México. Esta aseveración proviene de que sus pobladores elaboraron vasijas y figurillas semejantes a las encontradas en sitios como Tlapacoya (Zohapilco), Tlatilco y Ecatepec.

Los monumentos más importantes de la Zona Arqueológica de Calixtlahuaca fueron denominados por el arqueólogo José García Payón con los nombres de templo de Ehécatl-Quetzalcóatl, dios del Viento, conjunto de Tláloc, dios de la Lluvia, y el Calmécac.

Fuente: Planet of Aztecz

martes, 6 de diciembre de 2016

El Marquesado del Valle de Tojo: patrimonio y mayorazgo. Del siglo XVII al XX en Bolivia y Argentina

por Ana A. Teruel (aateruel13@gmail.com)
Objetivo
El objetivo del artículo es reconstruir, en la larga duración, los cambios y continuidades en el patrimonio territorial del Marquesado del Valle de Tojo en una extensa región a ambos bordes de la  actual frontera entre Argentina y Bolivia. El análisis parte de los antecedentes y constitución del mayorazgo, a principios del siglo XVIII, hasta su desestructuración en el último tercio del siglo XIX,  y finaliza con una evaluación de las permanencias de esta gran unidad territorial en las estructuras agrarias del Sur de Bolivia y Norte de Argentina en los albores del siglo XX. El estudio se basa  en documentación del Archivo del Marquesado del Valle de Tojo, en los catastros republicanos de propiedad territorial de Bolivia y de Argentina; en otras fuentes cualitativas y en estudios previos  que permiten una aproximación a la estructura  territorial  del  Marquesado  y  de  la  región.

Residencia de los Marqueses de Tojo, en la localidad de Yavi, provincia de Jujuy
Hoy Múseo Histórico Nacional
Introducción
Entre los escasos títulos nobiliarios otorgados por la Corona española y los pocos mayorazgos que existieron en los actuales territorios de Argentina y Bolivia, se encuentran los concedidos al Marquesado del Valle de Tojo. Tal fue su poderío que la extensión de sus vastos dominios fue comparada con la de un tercio de la actual Bélgica, a lo que se sumaba la posesión de la más  importante encomienda de indios del Tucumán: la de Casabindo y Cochinoca.

Las propiedades del Marquesado, vinculadas por el  mayorazgo, constituyeron un espacio integrado económica y socialmente durante casi tres centurias, aún cuando, a comienzos del siglo XIX,  las fronteras de los recientes Estados nacionales de Argentina y Bolivia lo dividieran aministrativamente.  
Un mosaico de haciendas y estancias de sus titulares, miembros de la familia Campero, cuyos núcleos principales se hallaban en Tarija (actual Bolivia) y en Yavi (actual provincia de Jujuy, Argentina), cubrían este amplio espacio de tierras situadas en el altiplano (Puna), en los valles intermontanos y en sus bordes selváticos  (Yungas).

La peculiaridad e importancia económica, social y política de esta estructura colonial no pasó desapercibida para la historiografía dedicada al Noroeste Argentino. Debemos el primer estudio  integral del Marquesado del Valle de Tojo a Guillermo Madrazo, quien trabajó con el archivo del Marquesado depositado en Jujuy (Argentina), centrando su interés especialmente en la porción  del antiguo Tucumán y en la encomienda de Casabindo y Cochinoca. Gastón Doucet, también inicialmente interesado en dicha encomienda, se internó en la historia de la familia Campero,  convirtiéndose en uno de los mayores especialistas en el tema, notoriamente en el conocimiento de los aspectos genealógicos, jurídicos  y  sociales.

A pesar de estos importantes antecedentes, hasta el momento de escribir estas líneas no contábamos con una reconstrucción completa del territorio bajo dominio del Marquesado, considerando  sus modificaciones a lo largo del tiempo: desde sus orígenes, en el siglo XVI, hasta la desmembración del mayorazgo, en el último tercio del siglo XIX, y el posterior reparto entre sus herederos. Dicha reconstrucción es relevante y necesaria para el conocimiento histórico de la región, pues las permanencias de esa vasta y sólida  estructura colonial en la posterior configuración de la propiedad de la tierra y en las relaciones de producción, generaron, hasta el siglo  XX, conflictos  sociales y políticos.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Difíciles congresales cordobeses

Del Corro, Pérez Bulnes, Salguero y sobre todo Cabrera, generaron problemas a lo largo de 1816 

EL MENSAJERO DEL CONGRESO. La ilustración de Fortuny representa a Grimau y Gálvez al galope, antes de que lo asaltaran los artiguistas.

El presidente Pedro Carrasco propuso votar si la inviolabilidad de opiniones protegía cualesquiera expresiones de un diputado, “tengan la trascendencia que tengan, sin estar sujeto a ser juzgado por ellas”. Añadió que no concurriría a acuerdo alguno hasta que no se definiese sí existía o no una “facción” en el cuerpo. Intervino entonces Juan José Paso. Afirmó que si la había, era urgente delatarla; pero constituía “un agravio criminal y punible” imputarla calumniosamente, dado que la libertad de palabra no autorizaba a decir cualquier cosa.

El fundamento

A moción de Paso, en la sesión del 9 el Congreso declaró que el cuerpo no podía desentenderse de la tacha de “facción” y, al contrario, debía investigar semejante agravio. Se acordó que Cabrera fundamentase por escrito su opinión, si era tal. Y si era denuncia, proporcionara pruebas que indicasen el nombre de los comprometidos.

En la sesión del 12 se recibió un oficio de Cabrera. Decía que el concepto de sus expresiones era que “entre los representantes había algunos prevenidos contra el diputado Corro, de cuyo juzgamiento se trataba”.

Daba, como ejemplo, el hecho de que los diputados porteños habían resistido el regreso de Del Corro -a pesar de los reclamos de la diputación de Córdoba- y lo seguían manteniendo comisionado ante Santa Fe, a pesar de que el Congreso no ratificaba los tratados que firmó esa provincia con Buenos Aires. Esta afirmación fue contradicha enérgicamente por Medrano y Tomás de Anchorena. Hubo debate y se resolvió, finalmente, que vista la exposición de Cabrera, “queda el Soberano Congreso libre de la nota de partido, ofensiva de su respeto dignidad y conciencia”.

La acusación

Estaban pendientes, de todos modos, los casos de Pérez Bulnes y de Salguero, quienes opinaban como Cabrera, y el Congreso, el 16, los intimó a expedirse, verbalmente o por escrito. El 17 se tomó conocimiento de que los diputados de Córdoba querían separarse del Congreso y volver a su provincia para requerir instrucciones. Se exigió entonces a Pérez Bulnes y Salguero que especificarán por escrito las causas de esa postura. Las expusieron, y eran similares a las de Cabrera. El cuerpo resolvió debatirlas y, mientras lo hacía, los cordobeses se retiraron. La resolución fue que, por ser falsas sus razones, “se les mande continuar en la asistencia al Congreso, bajo apercibimiento, por lo tocante al señor Cabrera, sin perjuicio de lo que corresponda además providenciar”.

Luego procedieron a votar una proposición: supuesta la falsedad de las causas que exponen los diputados por Córdoba “¿qué providencias se tomarán para precaver los males que amenaza su comportación a la salud pública?”. Se acordó oficiar al Gobierno y Cabildo de Córdoba para que pasaran un pliego de acusación ante la Junta Electoral. El diputado Teodoro Sánchez de Bustamante confeccionaría esa presentación, adjuntando los documentos del caso. Su informe se leyó el 18, tras indicar a los diputados cordobeses que se retirasen de la sala.

Cargos y ausencias

Dichos diputados (luego se hizo la excepción con Salguero) fueron excluidos luego de los debates sobre las medidas militares a tomarse ante el alzamiento de Bulnes. Según un oficio del gobernador Funes (sesión secreta del 29 de octubre), alguien informaba a los insurrectos sobre las disposiciones reservadas del Congreso a su respecto. Y el general Manuel Belgrano (sesión secreta del 13 de setiembre) había afirmado que, sospechosamente, Pérez Bulnes había solicitado al teniente Crisóstomo Lafinur, “un estado de la fuerza del Ejército”.

Cabrera dijo a Pedro Castro Barros -y este lo reveló en sesión secreta del 30 de setiembre- que el Congreso lo había “tratado con ignominia”, y que “le pesarán los efectos” de tal actitud. Además (secreta del 2 de noviembre), afirmó que no dársele intervención en los asuntos de Córdoba (o sea en las medidas contra Bulnes) constituía “un perjuicio” a su provincia y agraviaba la “delicadeza” de su conducta. Y que por eso tachaba de nulo cuanto se resolviera sobre ese tema.

Cabrera empezó a espaciar demasiado su concurrencia a las sesiones. El 11 de noviembre se resolvió intimarlo otra vez a concurrir. El 12 -tres días antes del segundo alzamiento de Bulnes en Córdoba- se negó a votar “hasta que se le conteste una propuesta que ha hecho”. En cuanto a Del Corro, se presentó el 14 de enero de 1817, trayendo los poderes del diputado por San Luis, Juan José de Isasa. Pero el diputado Paso objetó su presencia en la sala. En la sesión secreta de ese día, Sáenz dijo que, “como se hacía en todo cuerpo colegiado”, correspondía que se mandase retirar a Del Corro del recinto, al existir una causa criminal en su contra por el asalto al mensajero del Congreso.

La cesantía  

Es sabido que el Congreso, a comienzos de 1817, trasladó su sede a Buenos Aires. Los diputados por Córdoba se opusieron a la mudanza. Cabrera sostenía, sintetiza Enrique Udaondo, “que el propósito encubierto de los que querían llevarlo a Buenos Aires, era el de trabar sus operaciones y restringir su libertad”.

La última sesión pública de Tucumán se realizó el 24 de enero de 1817, y la última secreta el 4 de febrero. La preparatoria en Buenos Aires fue el 12 de abril y la solemne de apertura el 12 de mayo. Los diputados Cabrera, Pérez Bulnes y Del Corro no habían aceptado la mudanza y pasaron de Tucumán a Córdoba, no sin que varios de sus colegas (especialmente los porteños) respiraran aliviados. El procurador de Córdoba, Antonio de Arredondo, pidió que se los declarara cesantes, cosa que hizo el Congreso. En cambio, Salguero partió a la capital con sus colegas.

Recién el 25 de noviembre de 1817 llegaron los nuevos diputados por Córdoba. Juró Salguero como reelecto, y luego lo hicieron los flamantes, licenciado Benito Lascano y doctor Alejo Villegas. Los debates sobre “la facción” y sobre el caso Del Corro no se reiteraron y nunca se resolvieron definitivamente. Otras preocupaciones concentraron la atención del Congreso en Buenos Aires. Sobre todo, el dictado de una Constitución.

Fuente: La Gaceta - Carlos Páez de la Torre

domingo, 4 de diciembre de 2016

Recíprocos Homenajes

por Luis Horacio Yancielli

Gral. José de San Martín
En los primeros días de septiembre de 1822, casi un mes después de haber regresado de Guayaquil donde tuviera lugar la entrevista con el Libertador Simón Bolivar, el General José de San Martín por entonces Protector del Perú, puso en marcha el dispositivo tendiente a abandonar su cargo y dejar paso a lo que sería la embestida final contra las tropas realistas que se encontraban fortificadas en el Alto Perú, labor que estaría bajo el comando del Mariscal Antonio de Sucre, según se había acorado en las célebres reuniones guayaquileñas entre los Libertadores. Fue así que el día 18 de septiembre el Protector del Perú firmó el decreto mediante el cual se convocaba para dos días vista, al Congreso General Constituyente. Él mismo - con traje de gala - abrió las sesiones con un discurso medido y austero, fecho esto, se quitó la banda roja y blanca que simbolizaba su protectorado y discretamente se retiró del recinto. 

 Luego de un frugal almuerzo en horas de la tarde cabalgó hasta el puerto de Ancón, a unos cuarenta kilómetros de Lima, donde arribó entrada la tarde. Con parsimonia charló con sus acompañantes en tono de despedida, se abrazó con ellos y con rostro severo abordó el Bergantín en el que iniciaría su viaje a Valparaíso, Chile. Mientras ingresaba a la nave, leyó el cartel que indicaba el nombre de la misma, “Bergantín Gral. Manuel Belgrano”. Sí era una de las naves que había empleado el Ejército Libertador y que él mismo al enterarse del fallecimiento del patriota revolucionario y su amigo, había hecho bautizar en su homenaje. 

Simón Bolívar
Belgrano y San Martín se habían conocido en 1814, en las inmediaciones de la Estancia de Las Juntas en la actual provincia de Salta y luego, estuvieron más de 40 días en la ciudad de San Miguel de Tucumán, hasta que finalmente Belgrano marchó a Buenos Aires. Esa fue la única oportunidad en que estuvieron juntos, mano a mano o silla a silla como describiría el propio ganador de Tucumán y Salta.  Belgrano había muerto el 20 de junio de 1820 concluyendo una dolorosa agonía, en la soledad política de una sociedad alterada por una guerra civil que se apoderaba del escenario.    San Martín seguramente pensó cuanta falta hacían en ese momento hombres como Belgrano, sensatos, patriotas y devotos leales a las ideas y principios. Ya en fecha 12 de marzo de 1816 había dicho del Gral. Manuel Belgrano: “…es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créanme que es lo mejor que tenemos en la América del Sur.” 

Mientras caminaba por la cubierta del Bergantín, pensaba que esa designación del barco con el nombre de su Amigo, que tanto había dado a la causa independentista, era la primera acción de homenaje a tan noble Hijo de la Patria Americana. Buenos Aires solo se había limitado a unos ostentosos funerales llevados a cabo el 29 de julio de 1821 con mucho escándalo y poca sustancia. Un armazón que supuestamente llevaba el cuerpo de Belgrano, fue cargado por frailes. Los comercios permanecieron cerrados y la gente se agolpó en la Plaza Mayor para ver la formación de regimientos de línea y artillería, con uniformes de luto.  

El Bergantín Gral. Manuel Belgrano zarpó a la madrugada del 19 rumbo al puerto chileno. En sus paseos por la cubierta, el Gral. San Martín, recordó con cariño el homenaje que le hiciera Belgrano en San Miguel de Tucumán, la Pirámide de Chacabuco, cuando le llegara la noticia que el Gran Capitán y su Ejército de los Andes habían vencido la cordillera y derrotado a los realistas en Chacabuco, garantizado así la operación de libertad e independencia del hermano pueblo chileno. 

Pirámide Chacabuco, Plaza Gral. Belgrano de la ciudad de San Miguel de Tucumán
Aquella sencilla pirámide, es el testimonio físico único que existe actualmente de la entrañable estima y admiración que se tuvieron los dos más grandes de nuestra historia. El monumento es un joya que tenemos la obligación de cuidar celosamente los tucumanos. Y esto también, debe llevarnos a pensar que nuestra ciudad fue el escenario de la historia fundacional de nuestro país y de buena parte de la América del Sur, por lo que debemos prestar el mayor celo y atención al cuidado de las reliquias que sobreviven como así también, marcar los lugares donde se desarrollaron los acontecimientos de la alborada nacional. 

Fuente: Luis Horacio Yanicielli

sábado, 3 de diciembre de 2016

24 de noviembre de 1818 - Cuando California fue Argentina

El Capitán de Navío Hipólito Bouchard entra en nuestra historia nacional como protagonista del primer combate naval argentino, el Combate de San Nicolás, del 2 de marzo de 1811, a menos de un año de la Revolución de Mayo.



Lo veremos luego como Alférez del Regimiento de Granaderos a Caballo, estando presente en "San Lorenzo", en donde captura la bandera realista, conjuntamente con la vida del abanderado.

Sin embargo, su mayor gloria, fue cuando al mando de la Fragata "La Argentina", circunvaló el mundo haciendo un viaje de Corsario, guerreando contra el Imperio Español.

Es durante éste periplo, que el 24 de noviembre de 1818, desembarca en las afueras de la Ciudad californiana de Monterrey, y al mando de un grupo de marinos, ataca el fuerte español que dominaba la Bahía de Monterrey.

Arrió la bandera española e izó la celeste y blanca en lo alto de la fortaleza. Durante seis días, Bouchard ocupará la ciudad, tomando posesión de ella a nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata.

En esos seis días, se apropiaron del ganado, que sacrificaron junto a los caballos que encontraron, destruyeron la artillería, quemaron el fuerte y lo arrasaron, el cuartel de los artilleros, la residencia del gobernador y las casas de los españoles junto a sus huertas y jardines. Solo permanecieron en pie los templos y las casas de los americanos.

Imagen de la Fragata "La Argentina" y la Corbeta "Chacabuco", protagonistas del ataque argentino a la Ciudad de Monterrey

Fuente: Granaderos Bicentenario

viernes, 2 de diciembre de 2016

Leyenda quichua del Algarrobo



El algarrobo es un árbol muy común a lo largo de todo el territorio nacional. Habita en nuestra tierra desde que el mundo es mundo. Hoy les traemos este relato legendario de la cultura quichua que nos cuenta sobre sus bondades.

La leyenda del algarrobo

Durante el imperio incaico, los pueblos quichuas veneraban a Viracocha, máxima deidad del imperio, además veneraban a Inti, y a las estrellas y al trueno. A la Pachamama también brindaban sus honras y solicitaban su gracia para la abundancia en las cosecha , el éxito de alguna empresa, la caza favorable, la cura de enfermedades, y para cualquier otra cosa que les significara algún contratiempo.

En su honor se levantaron altares y tótems a la vera de casi todos los caminos del reino. Estos monolitos fueron bautizados con el nombre de apachetas y su estructura básica era un montículo de piedras. Los indígenas se paraban frente a ellos para rezarle a la Madre Tierra, o encomendarse a ella. La petición de protección no era gratuita, requería el pago de un tributo que generalmente consistía en hojas de coca, pero podía ser reemplazado por cualquier alimento valorado por la comunidad. Esta especie de pago aseguraba el cumplimiento la petición.

La tribu quichua nunca desatendía las tradiciones y obligaciones impuestas por sus dioses, ya que ellos creían que el normal desarrollo de sus vidas dependían de estas observancias. Hasta que un día la tierra dio frutos de manera extraordinaria. Abundaban el maíz y los vegetales por doquier, las cosechas eran copiosas y ante este brote de bendiciones los quichuas, que se caracterizaban por ser un pueblo trabajador, fue dejándose embriagar por el ocio y de a poco olvidó sus obligaciones con los dioses y el trabajo para rendirse al vicio, la holgazanería y la desfachatez. El alimento era desperdiciado porque no se lo valoraba al ser tan fácil de conseguir, se fabricaba tal cantidad de chicha que todo el pueblo bebía sin límites.

El pueblo ciego ante los placeres terrenales se entregó al disfrute, bebían durante días, comían en exceso, y las horas del día que no dormían se las pasaban bailando. Nadie pensaba que los víveres fuera a acabar alguna vez. Cuando llegó la época de la siembra, nadie se dio cuenta y siguieron de fiesta. Inti (el sol), al ver el comportamiento y la falta de agradecimiento del pueblo decidió castigarlos. Decidió que los castigaría cruelmente y potenció sus rayos para secar ríos y lagunas, lagos y vertientes. Falta de humedad la tierra se endureció y ya no daba nuevos frutos, pero como en las tiendas quedaban alimentos y en las vasijas quedaba chicha a nadie le importó.

Hasta que llegó el día en que todo cambió:

Pero un día el alimento empezó a diezmar y al tener que administrar cuidadosamente lo que quedaba el hambre, la pena, y la miseria aparecieron. La desesperación hizo que los quichuas volvieran rápido al campo, pero Inti no había terminado con ellos. La tierra seguía dura, no había como ararla, mucho menos como introducir semillas en ella. Los animales morían famélicos y lo que antes había sido un campo verde que abundaba en frutos y vegetales, hoy se encontraba convertido en un desierto inerte.

Los más pequeñitos cargaban injustamente con la falta de sus irresponsables padres y tenían hambre, estaban flacos y sucios. Los que estaban enfermos o ya no soportaban la falta de alimento y agua morían silenciosamente sin que nadie pudiera ayudarlos.

El sol golpeaba con rayos que parecían látigos que laceraban el cuerpo de los aborígenes. Pero un día se sintió un grito más desgarrado que todos los que se oían a diario. De una casa de piedras salió corriendo desesperada Urpila, una mujer que mortificada por la culpa corrió a la apacheta más cercana a implorarle a la Pachamama perdón por las faltas, por los agravios y a pedirle que por piedad salvara a sus hijos que estaban muriendo todos de hambre y sed. Depositó en el montículo como ofrenda unas pocas hojas de coca que pudo conseguir con mucho esfuerzo e imploró:

– Pachamama, Madre Tierra, Kusiyá…. Kusiyá

El llanto de la madre se mezcló con la desesperación de su corazón y prometió enmendar su mala conducta y sacrificar lo que hiciera falta para salvar la vida de sus hijos.  Ya sin fuerzas se sentó en el suelo y apoyó su cuerpo en un árbol seco. Estaban ya todas sus fuerzas agotadas, su debilidad no le dejó hacer más que entregarse al cansancio y dormir profundamente. Esta vez sus sueños fueron dichosos. La Madre Tierra viendo que su arrepentimiento era sincero se le apareció en sueños y le habló con bondad y de corazón:

– Ya no temas hija, la penitencia ha terminado pues en tu arrepentimiento veo los frutos de la medida. Ahora el pueblo deberá  volver a sus labores y quehaceres, preparar la tierra para que la vida renazca y la belleza y los frutos vuelvan a invadirla. Al despertar busca las vainas que ha de darte este árbol y dáselas de comer a tus hijos y a los hijos de otras madres, con ellas  saciarían su hambre.

Al despertar Urpila encontró que nada había de nuevo y su corazón volvió a cubrirse de tinieblas, pero instantáneamente recordó las palabra de la Pachamama y la advertencia sobre el árbol, se volteó, miró el extremo superior del tronco y de las ramas que parecían secas, vio colgadas doradas vainas que le daban una esperanza de vida para sus hijos y para toda la comunidad. Se puso de pie y recolectó todo los frutos disponibles hasta que entre sus brazos no hubo lugar para uno más. Se dirigió hasta el pueblo a toda prisa, al llegar, informó al resto de la milagrosa planta y los mandó a buscar sus frutos. Mientras todos corrían en dirección al árbol, ella alimentó a sus pequeños con el tesoro que la Pachamama le había concedido.

Desde ese día en que el pueblo revivió se venera a aquel árbol sagrado que los salvó de la muerte y que tiene la capacidad de brindar pan y bebida. Se trata del algarrobo, que además de todas las bondades que contamos, en tiempos en que la sequía azota a la tierra tiene la grandeza de alimentar a los animales.

Fuente: Razafolclorica.com